La miraba con los ojos muy abiertos, sorprendido a pocos
metros de ella. Estaba contenta y no dejaba de jugar con una especie de muñeco de
tierra que se movía como una gelatina espesa. Aunque lo verdaderamente extraño
era que se moviese, no cómo lo hacía.
—¿Cómo decías que hacías eso? —Pregunté, todavía hipnotizado
por la visión de ambos.
Ella me miró igual de sonriente o incluso más, juntando las
manos a la espalda como si escondiese un divertido secreto mientas la cosa de
tierra a su lado la miraba con curiosidad.
—Es mi habilidad especial. Dar vida a los dibujos que deja el
agua en la tierra.
El bicho pareció ponerse contento y ella volvió a prestarle
atención. A mí me seguía pareciendo todo demasiado extraño y no dejaba de
mirarlos con la boca abierta. Sin duda, “dar vida a los dibujos que deja el
agua en la tierra” no se me habría ocurrido nunca como habilidad especial a
elegir.
En medio de aquel camino de tierra, limitado a ambos lados
por verdes campos de girasoles amarillos y con el sol brillando en la cumbre de
la tarde, seguía sin dar crédito a tanta naturalidad, observándola con mis ojos
de simple mortal.

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