Los chicos de Kôtei

S - Like mulberry juice

 

Obviamente tomarse un zumo de moras sobre la lavadora de la primera lavandería no era el mejor de mis pasatiempos, pero era una forma de eludir trabajo.

No esperaba nada nuevo en aquel sitio y menos lo que apareció. Q entró bastante alterado, claramente inconsciente de mi presencia, y yo me limité a mirarlo con la cabeza algo girada. Respiró un par de veces hasta que se percató de mí y yo le hice un gesto con la mano para que se acercase.

 - ¿Qué haces aquí?-

 - Beber…Yo debería preguntarte qué haces tú aquí-

 - Realmente, no-. No, Q no era muy de hablar, pero esta vez estaba…raro.

 - Tienes mala cara…Tu tono pálido está carnoso. ¿Tienes fiebre?-

 - Ojalá…- Oh, oh, oh…A este le pasaba algo muuuuy raro. Se apoyó en la lavadora y yo apoyé mi zumo con algo de violencia.

 - Pero cuéntame esto, ¿eh? ¿Qué te han hecho? ¿No está repuesto el bar? ¿Se ha perdido alguna maleta?...No, ¡Oh! ¡Te han robado los bastoncillos!

Parecía no haber acertado, porque hizo una mueca y negó colocándose las gafas.

 - El bar está plenamente surtido, las maletas, como siempre, perfectamente repartidas y mis bastoncillos a buen recaudo. Solo ha sido que…-

La curiosidad me estaba matando y agarré el zumo con ambas manos para volver a beber un poco. Lo miré con los ojos muy abiertos y moví la cabeza para indicar que hablase.

 - Estaba en un garaje…-

Asentí con la cabeza mientras me sentaba a lo indio.

 - Y entró un tipo-.

 - ¿Un tipo raro?- 

 - Un tipo normal…Y me preguntó si estaba con un tal Boby...-

 - No me suena Boby- Yo comentaba para incentivarlo a hablar. Siendo Q, podía irse en cualquier momento.

 - Yo contesté que no, obviamente. Y…sin venir a cuento…Me besó-. Casi me trago la pajilla después de eso.

 - Te besó…- Q perdía su color paliducho y se aflojó un poco la corbata.

- Se rió y trató de…Quitarme los pantalones.

- Qué rapidez…-

 - Y me dijo que podíamos tener…sexo - Entonces pensé “Tengo que conocer a ese tal amigo de Boby…”

 - ¿Y tú qué hiciste?

- ¡Salir corriendo! Hasta llegar aquí…- Ah, Q y su modus operandi.

* Fragmento fake basado en la serie Misfits*


 Q - The perfect man


Recuerdos de Q I - El principio

Las personas sienten emociones continuamente, su cerebro recoje informaciones y reacciones del medio para con su persona y estas se ven obligadas a responder de algún modo, ya sea más o menos eufóricamente. Pocas personas son capaces de controlarse hasta el punto de impedir una total respuesta de su cerebro reflejada en su organismo y solo emitir hasta cierto punto y en el caso deseado las reacciones que uno mismo quiera. Es cierto que no todo el que quiera puede hacerse con esta habilidad y por supuesto no es algo que se consiga rápida y fácilmente. Yo soy una de esas personas capaces de convertir una reacción en un lento y escaneado proceso cerebral y elegir en milésimas de segundo qué parte de esta quiero sea visible, sino anularla por completo; como he dicho antes no es algo que he podido desarrollar en un corto periodo de tiempo sino que llevo largos años perfeccionando esta faceta sin la cual, creo estaría muerto.

"Perfección". Todo hecho de la forma más que adecuada, en el tiempo mínimo y con una finalidad exquisita. "Perfección". Encajar de la mejor forma en el canon de normalidad y al mismo tiempo superar con creces las capacidades positivas hasta convertirlas en sobre notables. "Perfección". Frío, lejanía, insensibilidad, control y sobre todo certeza. "Perfección". El mejor fin y el peor castigo. "Perfección".

Mi padre, un hombre de costumbres, quisquilloso y altivo que había conseguido todo lo que tenía en el mundo a base de esfuerzo y mucho sacrificio, el tal que conseguiría entender con el tiempo. Mi madre, una mujer a la par que mi padre, recatada y en su lugar, que sacrificó tanto o más que él para llegar a sus fines. Yo, un hijo que prometía ser el mérito de todo cuanto habían trabajado en su vida.

Notas impecables, carácter manso y con la capacidad de adaptarse a cualquier situación, rápido entendimiento, conformista  y pacífico pero a la vez lidérico y firme. La niñez estudiando idiomas, la adolescencia haciendo prácticas de oficina, la pubertad regalada a los otros jóvenes que salían con sus amigos, el tiempo con la familia limitado a las vacaciones, todo un primogénito con un futuro brillante y, sobre todo, perfecto.

Pero entre tanto y tanto, pude hacer hueco para conocer a un par de personas, sin las cuales, no creo hubiera sido lo que ahora soy.

Marc, mi compañero de cuarto en la residencia de estudiantes. Compartíamos vida y creencias, sabíamos como vivíamos y como debíamos vivir y estábamos contestos con nuestros esfuerzos, conocíamos nuestros futuros y adorábamos a nuestros padres, pues sabíamos que algún día ellos estarían orgullosos de todo nuestro trabajo, de sus hijos perfectos.

También estaba Anna, la mejor matemática de clase, se había presentado un día cuando Marc y yo discutíamos sobre una errata del profesor de cálculo en nuestros 15 minutos de descanso y se convirtió en parte de nuestro pequeño mundo en el momento que descubrimos que más allá de su privilegiado cerebro matemático creía, como nosotros, que algún día podría hacer uso de sus conocimientos de forma más libre y menos rígida sin pensar en todo momento si sería correcto rascarse la oreja durante un examen.

Nos conocíamos desde primaria y fue en secundaria cuando se nos permitía vernos de vez en cuando en verano. Primero solo a mí y a Marc, pues una chica a esa edad podría desviar nuestra atención sobre nuestras metas y futuro. Más tarde los tres pudimos ser un pequeño grupo también fuera de la residencia. Eran en esos días en los que podíamos ir a correr al parque o tomarnos un refresco y una hamburguesa manchándonos los morros, riéndonos de nuestras tonterías y sintiéndonos menos perfectos que nunca. Éramos amigos, éramos felices y apreciábamos más que cualquier chico de nuestra edad esos fantásticos momentos de ocio, pues sabíamos que en breve debíamos volver toda nuestra atención en lo que se esperaba de nosotros.

Fue uno de los primeros años de universidad cuando surgieron los disturbios pues, como todo el mundo sabe, nada es perenne en este mundo.

Estábamos solos en nuestro cuarto una noche de tantas, yo me habría ido a dormir pronto como cualquier otra noche, pero ese día Marc estaba algo extraño y en lugar de meterse en cama se quedó sentado en ella. Lo vi al dar la vuelta en mi cama y no pude evitar levantarme para comprobar si estaba bien, él era una de las personas más importantes de mi vida, uno de los soportes de mis sueños y esperanzas. Siempre había sido más risueño y vivo que yo, a veces me veía obligado a regañarle para ponerle los pies en el suelo, ambos complementábamos nuestras visiones y Anna era capaz de fundirlas con una calma que hacía que todo pareciese mucho más fácil.

- Anna me ha dicho que me quiere...- Me dijo cabizbajo cuando me senté a su lado preguntado qué le pasaba.

- Bueno, ya sabes que te quiere ¿no? Es decir, yo también os quiero a vosotros, somos un trípode...- Respondí con una sonrisa tímida con la esperanza de que hablase de algo nimio, pero su respuesta no fue demasiado buena.

- No se refería a eso, ella dijo que nos quería a ambos pero que a mí me veía como algo "más"...Dijo que está por mí desde hace años...- En ese momento me turbé, pensar en la proposición de Anna me hizo ver a Marc demasiado lejos como para poder alcanzarlo y, por puro miedo, puse una mano en su hombro.

- Pero eso es genial, formáis una buena pareja y vuestras familias estarían de acuerdo...- Traté de animarlo como pude a pesar de mi voz algo quebrada y ese extraño sentimiento que notaba que me iba hundiendo. Me miró suplicante como si tratase de ver la tragedia del asunto.

- No, yo no puedo, no puedo ver a Anna de esa forma... ¿Por qué tiene que complicarlo todo? Si ese día no se hubiese presentado...- Hablaba con rabia en la voz, yo no llegaba a comprender porque hacía tal tragedia de algo como aquello, Anna era una chica muy guapa e inteligente, siempre había pensado que ellos acabarían juntos a pesar de que eso me hacía sentir algo apartado y triste.

- No digas eso, Anna es parte de nuestro mundo, si te gusta otra entonces solo di- ...-

- ¡No es tan sencillo! - Me interrumpió exasperado con ira en sus ojos y algo me golpeó en mi interior haciendo que apartase de él mi mano. Era una situación extraña, tenía un miedo que no había sentido nunca y ganas de abrazarle y pedirle que olvidase todo.

- Yo...Realmente...- Rió de forma extraña. - Tsk. Esto se ha ido de mis manos...Nunca pensé que fuese cierto...- Lo miré extrañado, parecía frustrado, me dañaba verlo sufrir de esa forma sin saber la causa ni la forma de ayudarle.

- Marc...Por favor ¿Qué te pasa? - Tras unos segundos sin respuesta extendí la mano para hacerlo girar hacia mí y antes de que pudiese darme cuenta me agarró el brazo y me recostó sobre su cama quedando sobre mí agarrando mis muñecas con sus manos. Mi pecho se aceleró, estaba confuso, no sabía que le pasaba y por qué hacía algo como aquello.

- ¿Qué...haces? Marc...- Solo conseguía susurrar preguntando por la situación, intentando llamarlo desde el lugar donde se había perdido. Tenía los ojos algo más abiertos de lo normal y podía notar como él respiraba agitado y tragaba saliva mientras fruncía el ceño.

- No puedo querer a Anna...- Susurraba nervioso. - No puedo quererla a ella...No puedo...- Se acercó a mí y me besó haciendo que abriese más los ojos y quedase rígido. Por un momento me vi haciendo algo horrible y totalmente fuera de lugar, ambos éramos hombres, ambos con gran responsabilidad. Ciertamente nunca me había parado a pensar en que alguien pudiese gustarme, ninguna chica me había parecido especialmente llamativa y jamás me había planteado abrazar a otro chico que no fuese él. Mi cabeza trabajaba a mil por hora en esos segundos de sorpresa mientras iba humedeciéndome los labios y dejándose caer más sobre mí. Me di cuenta entonces de que no me molestaba, no me resultaba extraño, repulsivo o desagradable sino que era algo que de alguna forma estaba esperando desde hace tiempo. Me relajé y cerré los ojos acompañando su compás. Después de unos segundos se separó un poco de mí extrañado de que hubiese correspondido a su locura.

- Ya puedes soltarme, no iré a ningún sitio.- Le dije para que dejase de hacer presión en mis muñecas. Él me soltó lentamente temeroso de que le mintiese y se sentó sobre mí.

- Nos matarán por esto.- Dijo algo asustado y decaído.

- No si no se enteran. - Le respondí tranquilo desde mi posición.

- Al final, no somos esos hijos tan perfectos...- Continuó con ese tono dejado y negativo. Me apoye sobre uno de mis codos y le acaricié la mejilla con la mano libre acercándolo de nuevo a mí.

- Para mí, siempre has sido perfecto. - Dije antes de traerlo hacia mí para notar sus labios de nuevo, él se dejó llevar y acabamos de nuevo recostados en su cama. Esa noche dormimos abrazos, temerosos de que fuesen nuestro respectivo sueño y al día siguiente Marc le dijo a Anna que no podía aceptar su propuesta sin darle mayores detalles. A partir de ese momento estuvimos más juntos que nunca y a la vez más distanciados de Anna, que evitaba muchas veces conversar con Marc y se iba con sus compañeras de residencia.

Recuerdos de Q II - Primavera

Pasábamos los descansos riendo y soñando, después de cenar subíamos rápido a nuestro cuarto para relajarnos de miradas impertinentes y poder estar juntos en paz. Cuanto más cerca estábamos uno del otro, más discusiones teníamos con Anna, que se celaba de nuestro nuevo vínculo sin poder plantearse de qué se trataba. Muchas fueron las veces que nos planteamos contárselo, pero cada vez nuestra relación se volvía menos cercana, con lo que teníamos menos interés en que lo supiera. Pasó el tiempo y apenas nos relacionábamos ya con ella, nuestras notas se veían algo menos brillantes pero conseguíamos que fuese suficiente para mantener nuestra línea. Sabíamos que algún día nuestros padres tendrían que saberlo y que no les haría ninguna gracia, con lo que nos las arreglamos para comprar un piso a medias donde pensábamos vivir una vez hubiésemos aclarado todo. Era nuestro proyecto más ambicioso.

A pesar de todo el tiempo en que estuvimos juntos nunca pasamos de achuchones o abrazos, quizá porque no estábamos preparados o seguros o simplemente porque nos bastaba de esa forma. El caso es que en el penúltimo año de universidad casi nos demostrábamos afecto en cualquier lugar haciéndonos cada día más temerarios hasta el punto de olvidar como de perfectos debíamos ser. Tanto fue así que un día en un cambio de clase tuvimos la genial idea de esperar a que todos se fuesen a clase para despedirnos cariñosamente en un rincón del pasillo. Esa estúpida idea e incontinencia fue la que nos llevó al desastre. Por alguna razón Anna había salido de clase en ese momento, quizás se había olvidado algo en otra, quizás necesitaba ir al baño, quizás se encontraba mal. El caso es que nos encontró en aquel lugar retozando de forma poco ortodoxa para los herederos de nuestras respectivas familias.

- Así que esa era tu forma de ver la vida...- Dijo a Marc con cara inquisitiva, reprochando la negativa de su propuesta. En ese momento intentamos detenerla, pero se fue corriendo derecha a arruinar nuestra vida. Nos asustamos, discutimos durante días, nos abrazamos sabiendo que sería la última vez y finalmente nuestros padres nos llamaron. No sé cómo fue su encuentro pero el mío no fue demasiado agradable.

Estaba de pie en el despacho de mi padre esperando su reprimenda, mi madre estaba en un rincón mirando a otro lado por la vergüenza.

- Aahh Dime la verdad hijo, se que ese maldito “vive la vida” te obligó a algo así y justo Anna llegó en mal momento, si yo ya lo venía venir de lejos, ese jovencito, siempre queriendo estar contigo con esa sonrisa espeluznante. Confiésalo hijo, no le pasará nada malo, incluso yo me ocuparé de que su padre no le reproche demasiado. Él no tiene la culpa de haber nacido desviado.- Hablaba con seriedad pero desparpajo y cada palabra que decía sobre Marc me hacía arder por dentro apretando la mandíbula. Intenté controlarme, no pude, debía hacer saber a mi padre la verdad.

- Marc no tiene culpa de nada, él no me obligó ni forzó a nada. - Le dije seria y francamente mirándole a los ojos. Él pareció encenderse y se acercó a mí lentamente manteniendo esa aura de impasibilidad.

- ¿Qué estás diciendo? - Preguntó amenazante con un tono muy calmado. Respiré hondo, ya no podía echarme atrás.

- Padre, soy...soy gay, y quiero a Marc. - En ese momento un golpe seco me hizo girar la cara y dio con mis gafas en el suelo.

- No vuelvas a llamarme padre, maldito anómalo...- Me dio la espalda, yo no dije nada y me limité a recoger mis gafas. - ¿Yo? ¿Un hijo que desea meter en su cama a hombres? Me están tomando el pelo...- Rió de forma espeluznante con un tono cargado de odio. - Tú ya no llevas mi apellido, no eres nada mío así que lárgate.

- Esto no me hace menos humano. - Le reproché una vez puesto de nuevo en pie. Él se dio la vuelta y me miró como si fuese a devorarme.

- Lárgate. - Miré a mi madre, no parecía tener objeción, al contrario, estaba de acuerdo. Salí del lugar y me dirigí a mi habitación, hice mi maleta y llamé a Marc, nos veríamos en el parque, yo tenía que irme de casa y necesitaba el piso, quizás el viniese también.

Cuando nos encontramos vio mi disposición, tenía su habitual sonrisa en la cara pero estaba claro que la llevaba a modo de máscara para ocultar su mal estado.

- Tengo que irme, mi padre me ha borrado de su familia, tendré que costearme la universidad de algún modo...¿Qué tal te ha ido? - Pregunté ingenuo de su respuesta.

- Mi padre me permite quedarme. Hemos llegado a un acuerdo. - Lo miré extrañado y por un momento envidié a su padre, por un momento.

- Esto es tuyo, yo ya no lo voy a necesitar, cuídalo bien. - De su bolsillo sacó unas escrituras, las leí y con terror descubrí que era su parte de nuestro piso.

- Pero..Marc...El piso también es tuyo, no puedo...- Me hizo un gesto para que callase y negó con su amable sonrisa.

- Voy a casarme. Quizás este verano, con Anna...El matrimonio ya está concertado. Será lo mejor para todos. Tú, simplemente, vive lo mejor que puedas, te deseo suerte. -  Horror, un tremendo mazazo justo en medio de mis costillas. Lo agarré de la chaqueta pero se soltó, como nunca lo había hecho.

- Ve en busca de tu meta, seguro que conseguirás todo lo que quieras.- Se dio la vuelta y en su mejilla pude ver una lágrima de refilón, acabando con su máscara de amabilidad. Solo pude quedarme en mi sitio susurrando el nombre de la persona que se llevaba mis ilusiones.

Recuerdos de Q III - Kôtei

Comencé entonces de cero. Me instalé en el piso y me puse a buscar trabajo acabando en diversos chollos donde al menos podía comer todos los días. Continué en la misma universidad ya que solo me faltaba un año y pude sacar el curso gracias a las becas por mis calificaciones, sin embargo, Marc y Anna si cambiaron de Universidad y yo tuve el privilegio de disfrutar de una habitación para mí solo. A medida que pasaba el tiempo me volvía más arisco y desconfiado, fui tomando conciencia de que si la gente no sabía cómo te encontrabas, nunca podrían conocer tu punto débil. Así, fui aprendiendo a dominar mis emociones poco a poco.

En vacaciones seguía volviendo al piso hasta que llegó un momento en que me sentía reacio a volver, llegó a parecerme un agujero oscuro y frío y decidí buscar un compañero, además, las facturas de luz y gas empezaban a ser un problema. Puse un anuncio y pronto empezaron a llegar algunos candidatos que tras varias semanas acabaron por no soportarme o por no soportarlos yo a ellos.

Finalmente conocí a un último compañero. Un tipo alto, algo joven que yo, moreno y desaliñado, el chico sin preocupaciones que vive al margen de toda complicación, todo lo contrario a mi persona. Al principio pensé que no podría convivir con él, que sería otro de esos críos desordenados que no cumplían con las condiciones establecidas en mi piso, pero era distinto; hacía lo que debía y al tiempo siempre estaba airoso, me contaba sus batallitas y tenía unos extraños horarios de trabajo, llegó a parecerme francamente genial; conseguía que volviese, en parte, al yo de antes. Su forma de ver las cosas tan fácilmente, sin programar horarios, sin preocuparse por si la camisa tenía un hilo deshilachado, siempre con positivismo, ganas de comerse el mundo y una sonrisa pícara. Tan abierto, tan cercano y amigable, como si fuésemos amigos de la infancia. Con el paso del tiempo yo deposité en él toda la confianza que me habían ido quitando con los años, era la persona que empezaba a remodelar mi vida.

Llegó un día en el que incluso me ofreció trabajo.

- Por lo que me dijiste de tu viejo, tienes experiencia en manejas papeleos y cosas de esas de empresa, ¿no? Conozco un lugar donde podrías encajar muy bien, sobre todo si quieres ser más poderoso que tu viejo y dejarlo alucinado. - Lo soltó de forma burlona y comprensiva como si estuviese sacándome de un gran apuro. Lo pensé y finalmente me presenté al trabajo, me sorprendió ver que era donde él trabajaba y lo que más me llamó la atención, llevaba traje. Era la primera vez que lo veía vestido formalmente y no le sentaba nada mal. A los pocos meses fui asentándome en Kôtei y teniendo cada vez más responsabilidad en esta, lo que significaba más sueldo. Gracias a él empezaba a vivir bien de nuevo, podía permitirme lujos y mi trabajo era agradable, además siempre podía charlar con él al llegar a casa. Solo debíamos renunciar a algo: Nuestros nombres. Pasaríamos a ser denominados con el cargo que ocupábamos. No me importaba, al fin y al cabo, ya ni siquiera tenía apellido.

Sin remediarlo empecé a notar como me iba atrayendo, como conseguía derribar el muro que separaba mi persona de la letra que ahora era, y sus aires de impasibilidad me hacía crecer las esperanzas, pues según me contaba, poco le importaba conocer a una mujer o un hombre siempre que estos le aportasen nuevas emociones, aunque, como siempre decía:

- ¡Aun tengo que encontrar a un tipo que se ofrezca a probar! - Ambos reíamos cada vez que repetía esa frase ya que siempre conseguía añadirla en el momento justo. Suponía que él desconocía que tras mi risotada ocultaba las ganas de confesarle que yo podía ser ese tipo.

Pasó un año antes de que la multinacional nos informase de que tendríamos una vivienda propia dentro de la misma sucursal. Era perfecto ya que nuestro piso quedaba un poco a desmano del trabajo y ya habíamos acabado la universidad, con lo que no era necesario una vivienda tan céntrica. Igualmente quise conservarlo. Nos mudamos y pasamos a vivir en aquel lugar que en un principio era frío y extraño pero que poco a poco se fue convirtiendo en un hogar donde cada día podíamos ver a miles de compañeros de los cuales solo teníamos confianza con tres o cuatro, bueno, quizás el más, pues rápidamente hacía amistades y lo que no eran amistades.

El día de fin de año se hizo una fiesta por todo lo alto. Cenamos a lo grande, bebimos como cosacos y finalmente volvimos a nuestra respectiva vivienda cuando ya el día 1 de enero se hacía radiante. Nos tiramos en el sofá agotados, parecía que tocaba momento filosófico.

- Tendríamos que acostarnos...- Dije frotándome la frente cansado, él se echó a reír como si acabase de contarle un chiste.

- ¡Eso parece toda una declaración Q! - Empezó a reírse desmedidamente tras la frase, yo lo miré y sonreí levemente: Lo pensé unos segundos, quizás era buen momento, estábamos destrozados de cansancio y solos, la reacción no sería muy repercutiente. Lo miré cálido.

- Realmente...Serviría como tal.- Me miró extrañado sin perder la sonrisa, yo negué con la cabeza y me recosté en el sofá.

- Olvídalo, estoy cansado.- Me disculpé y apoyé la cabeza hacia atrás cerrando los ojos para casi quedarme allí dormido. Entonces noté algo, un movimiento, abrí los ojos y lo vi. L estaba sentado sobre mis piernas y se desabrochaba del todo la corbata.

- Venga, ¿y con lo que te tengo contado no me lo has dicho antes? - Lo miré totalmente sorprendido y comprendí que pretendía. Le agarré la mano con la que empezaba a quitarse la camisa y me eché hacia delante.

- Deja de hacer el idiota. Te conocen en toda la sección femenina y sabe Dios donde más, sé que no profesas mis gustos conyugales. - Paró y me miró borrando esa sonrisa suya.

- ¿Crees que bromeaba cuando te contaba mis pensamientos? No soy el tipo de persona que haga las cosas por pena. - Me apartó las manos y me agarró de la nuca para morderme cuidadosamente la oreja. - ¿Con quién mejor que contigo, Q? - Su última frase hizo que todo un escalofrío recorriese mi cuerpo. "¿Con quién mejor que contigo, Q?" Esas habían sido sus palabras y habían sonado a gloria. Cerré los ojos y no me resistí más. Él parecía llevar el control de toda esa extraña situación. Se quitó la parte de arriba e hizo lo propio con la mía, luego hizo una pausa y me besó con tranquilidad.

- Ven. - Dijo con su media sonrisa levantándose de un salto. Me extrañé y me levanté para seguirle llegando a la habitación doble de la casa. Pero cuando entré no pude verle dentro.

- ¿A qué juegas? - Pregunté frente a la cama al aire en busca de la persona que debería estar allí. Escuché un amago de grito y algo me empujó por la espalda para tirarme encima de la cama.

- ¡Woow! ¿Te he asustado? - Reía, parecía encantado y aunque en parte me desconcertase, compartía su euforia. - ¿Estas nervioso? - Preguntó juguetón mientras me acariciaba la nuca estando sobre mí.

- Venga, no seas tan bestia. - Dije irguiéndome un poco apartándolo de encima para darme la vuelta.

- Estas en forma, no creí que tus libros te dejasen tiempo para ponerte cachas. - Cada comentario era un halago en forma de chiste, muy propio de él. Volvió a empujarme para recostarme de nuevo contra el colchón y se tumbó completamente sobre mí para evitar que me moviese.

- Aaah Q ¿sabes? Esto me pone más de lo que pensaba. - Comentó riendo, todo aquello parecía divertirle mucho. Yo intentaba relajarme, nunca había llegado a nada serio con un hombre. A mis 24 años era la primera vez que haría algo más que dormir en una habitación.

Estaba extasiado, la excitación era mucho superior a cualquier otro momento de mi vida y cuando empezó a trabajar mi cuello con su boca no pude evitar que mi respiración se agitase ni que mi garganta me traicionase con algún que otro suspiro. A pesar de ser algo más joven que yo era capaz de hacerme sentir inocente a su lado. Me miró socarrón y en un segundo se deshizo de mi cinturón y poco después también de mis pantalones.

- Humm...No he hecho esto antes pero...Intentaré que lo pases bien.- Me guiñó un ojo y lo miré algo avergonzado y en parte asustado.

- ¿Qu-qué se...qué se supone que vas a...? - Me apoyé en los codos ya que él había retrocedido un poco y la situación tornaba más extraña que antes.

- ¡Voy a ponerte las pilas! - Sonrió ampliamente y acercó su cabeza a mi ombligo repasando los alrededores con la lengua. Yo empezaba notar pequeñas comvulsiones a medida que se desplazaba por la zona y agarré fuertemente las sábanas en un acto reflejo mientras notaba como no solo mi vello empezaba a levantarse.

- Jeje...Si ya estás listo...- Susurró llevándose la mano a un bolsillo de su pantalón y sacando una pequeña navaja.- No quiero perder más tiempo. - Sonrió y antes de que pudiese decir nada rompió mi ropa interior para deshacerse de ella. En ese momento estaba totalmente ruborizado y el hecho de que él aun conservase su parte de abajo empeoraba las cosas.

- A-Abría sido...más ortodoxo...n-no romperlo...- Era incapaz de no titubear, las palabras se me atragantaban en la garganta. Sonrió de nuevo y tiró la navaja por los aires para pasar un dedo entre mi ombligo y mi género. Lo último que vi, y sobre todo sentí, fue como su lengua y demás acompañantes bucales estaban situados en una parte muy concreta de mi anatomía, pues no pude evitar soltar mi espalda sobre el colchón estirando el cuello. Aquello era más intenso que cualquier cosa que hubiese sentido antes. Agarré las sábanas más que nunca y de casi un zarpazo me quité las gafas que ya estaban mal situadas en mi cara desde hacía un rato. En ese momento me era totalmente imposible retener suspiros y convulsiones. Había dicho que no había hecho esto antes pero en ese momento no pude creerle, la forma en que jugaba con la lengua hacía que me retorciese apretando la mandíbula.

Si pasaron muchos o pocos minutos no puedo asegurarlo, para mí se había parado el tiempo desde el momento en que L había bajado la cabeza. Un ir y venir de sensaciones, un placer jamás experimentado y finalmente una explosión de hormonas. Llegué a mi primer orgasmo con una vergonzosa eyaculación sobre la cara de mi amante. Me relajé totalmente, agotado, sudando y recuperando el aire mientras notaba a L erguirse en la zona sur de la cama. Estaba retomando el aire y volviendo al mundo cuando me di cuenta que hacía ya unos minutos que se había levantado. Cuando abrí los ojos para echar un vistazo sentí como volvía a ponerse sobre mí, está vez también ausente su parte de abajo.

- Espero que ya te hayas recuperado, aun queda la mejor parte. - Me dijo antes de pasarme la lengua por el mentón. Se abrazó a mí un rato permitiendo que sintiese toda su piel, fue una sensación magnífica a la que no quise poner fin. Como había pedido, al rato yo volvía a estar tan  dispuesto como antes y no pude evitar besarle el cuello mientras olía su fragancia.

Tras unos minutos se incorporó un poco bajando la cadera y comprendí que se disponía a hacer. Me agarró del muslo con una mano mientras me llevaba hacia si. Le agarré entonces el brazo que había empleado, para detenerlo, y cuando me miró inquisitivo miré a otro lado.

- Te...ten cuidado,¿vale?- Antes sentía curiosidad, estaba algo asustado pero realmente me dominaba más la excitación del momento ya que no suponía nada demasiado "grave" , pero ahora estaba tremendamente acongojado. Temblaba violentamente y el corazón se me podría haber salido por la boca, la garganta se me había resecado y todos mis músculos estaban en tensión. Me miró curioso y sonrió de medio lado comprendiendo la situación.

- Eres extrañamente adorable. - Me dijo, no sé si riéndose de mí o enserio pero de todos modos fruncí el ceño y miré hacia un lado. Él movió su mano de apoyo hasta agarrar la mía y sonrió.
 - Hey, solo relájate y confía en mí. - Esa frase me recorrió de arriba abajo llenándome por completo, realmente sabía que quería a L y que podía dejarme en sus manos. Lo miré tras su última frase sobrepasado por el momento y me besó con calma. Fui soltando su brazo poco a poco mientras le saboreaba cerrando los ojos, agarrando su mano fuertemente, y en ese momento, cogiéndome totalmente desprevenido, me llevó hacia él hasta conseguir introducirse levemente dentro de mí. Abrí entonces los ojos de golpe y emití un leve quejido aun con los labios pegados a los de él. Con cuidado se fue acercando deslizándose lo más suavemente que pudo y sin dejar de besarme, yo apreté los ojos y fruncí el ceño a la vez que apretaba de nuevo su brazo y su mano. Sentía una mezcla entre dolor agudo y placer que no conseguía separar. Cuando estuvo casi totalmente pegado a mí una lágrima asomó por uno de mis ojos que aun se mantenía apretado con fuerza.

Finalmente se unió del todo acabando por separar los labios lentamente de los míos con un pequeño jadeo que quedó a unísono conmigo. Nos miramos unos segundos respirando agitadamente hasta que comenzó a moverse de nuevo. El malestar continuaba al principio, pero a medida que él iba subiendo el ritmo de su cadera yo me notaba arder obligándome a acompañarlo en busca de una franja de placer más allá de la que conocía.

El ritmo aumentaba así como nuestra respiración y nuestro sudor. Llegó un momento en que ninguno de los dos reprimía ya jadeos o pequeños sonidos ahogados. Me agarré a su cuello sacando fuerzas del deseo y me apreté más a él incapaz de abrir los ojos. Lo sentía conmigo, no, más que eso, lo sentía en mí, era algo que jamás había experimentado con nadie, era algo realmente increíble. Lo rodeaba todo lo fuerte que podía mientras disfrutaba del momento;  conseguí abrir los ojos, debía hacerlo, no podía arriesgarme a que eso fuese un sueño. Lo vi, vi su cuerpo pegado al mío, oía su respiración, sentía su pulso, que como el mío, era una montaña rusa. Ya no había dolor alguno solo un dulce ir y venir que hacía uso de la fricción para elevarme a la mejor gloria. Mi mente era un edén, me sentía flotar, mis sentidos estaban confusos y al mismo tiempo totalmente atentos a la situación.

Estábamos al máximo y ambos lo disfrutábamos, era esa unión y esa coordinación lo que nos estaba permitiendo llegar tan lejos. Entonces, llegando al final extremo de la situación, ambos dimos un último golpe seco a nuestra pelvis acabando de la mejor forma con aquel momento hipnótico. Nuevamente me avergoncé al ensuciarle, pero mi mente se centró en otra novedad. Noté como él se descargaba dentro de mí en un último suspiro, fue una sensación extraña y encantadora.

Caímos rendidos, yo sobre el colchón y él sobre mí, tratando de recuperar el aliento. Me sentí relajado y feliz, había llevado al límite mi vínculo con una persona amada. Desde ese momento L quedó grado a fuego en mi alma habiéndose ganado el puesto con grandes méritos.

Recuerdos de Q IV - L

A la mañana siguiente me desperté solo y algo aturdido, cuando recordé que había pasado la noche anterior me dio un escalofrío y cuando me fui a sentar en la cama me di cuenta de que era mejor levantarse rápido. Me puse las gafas y busqué a L en la habitación pero no había rastro de él, quizás se había ido a alguna parte, aunque no era algo demasiado importante llegó a asustarme. Entonces escuché el sonido de la freidora y suspiré aliviado cubriéndome con la sábana alrededor de la cadera para salir de allí rápido. De pronto le vi, atareado en la cocina haciendo alguna que otra estupidez mientras preparaba algo. Sonreí levemente antes de acercarme para que mi cara fuese lo más seria posible cuando me viese.

- Ah ya te has despertado bello durmiente. - Dijo riendo al verme. - Son las cuatro de la tarde, estaba preparando unas salchichas con patatas - Lo dejé hablar y me quedé a una distancia prudente, me gustaba verle en su día a día siempre con algo nuevo y gracioso que aportar. Se giró finalmente y me miró extrañado y divertido.

- ¿Qué? ¿No piensas venir ni vestirte? Si siempre eres muy quisquilloso con eso. - Me reprochó con la espumadera en la mano.

- Anoche...Fue...- Antes de dejarme continuar siguió con su parloteo.

- ¿Anoche? Aaah no estuvo mal, ¿eh? O al menos eso parecía al oírte jaja. La verdad es que no me esperaba algo así, en fin, fue una buena experiencia, gracias por tu colaboración. - Sus palabras sonaros peor de lo que esperaba y a mí me costaba cada vez menos permanecer serio.

- ¿Qué estás diciendo? - Le pregunté sereno cortando sus risotadas.

- ¿Eh? Pues eso, que fue una nueva experiencia pero ya está. Personalmente sigo opinando que tiran más dos tetas que dos carretas. - Cada vez que soltaba una de sus frases ingeniosas y se reía menos gracia me hacía a mí y pareció darse cuenta.

- ¿Uhm? ¿Porque fue solo eso verdad? ...Oh oh oh ¿no me digas qué? jaja ¿No me digas que te lo tomaste enserio? ¡Venga Q! No me hagas reír ¿Qué pasa, estás "enamorado" de mí? Por favooor...- Preguntaba incrédulo mientras reía, yo me limité a colocarme las gafas cambiando la dirección de mi mirada.

- Estas...oh señor ¡Estás coladito por mi! ¡Esto sí que tiene gracia! - Parecía que cuanto más sabía más gracia le hacía la situación, yo seguía impasible.

- AAhh aahh vale, tomaré aire, puedes comerte las salchichas, ¡seguro que te lo pasas bien pensado en mi! ¡Aaah señor! - Cogió su chaqueta y se fue riendo, haciendo sus bromas, empleando sus mil muletillas, pero desde ese momento ya no me sonaron graciosas ni frescas sino que se transformaron en estúpidas y odiosas.

Me quedé allí un rato, agarrando con fuerza la sábana que cubría la zona desde mi cintura hacia abajo escuchando el chisporrotear del aceite.

Recuerdos de Q V - Perfecto

Después de eso perdí toda confianza en el mundo. Nadie haría nada por mí por mera amabilidad, nadie estaría conmigo cuando necesitase ayuda si no ofrecía recompensa. Recordé entonces las enseñanzas que había recibido mucho tiempo atrás: Debía ser implacable y no dejar que nadie pudiera llegar a mí realmente. Fue entonces cuando acabé mi evolución casi por completo y decidí basarme en una vida de "perfección".

Empecé por pedir un apartamento diferente al de L, no podía convivir con alguien respetando mi nueva forma de ver el mundo y mucho menos con aquel individuo. En cuanto me lo dieron, recogí mis cosas y me fui sin dar explicaciones. Él tampoco preguntó, pero no me desharía de su influencia fácilmente. L había entrado demasiado en mí y en varios sentidos, aunque sonase retórico. 
Lo odié por ello y me odié por ello. Había confiado en él y lo había dejado pasar tranquilamente hasta la cocina de mi conciencia y, tras aquello, sabía que nunca lograría sacarlo de mi cabeza. 

Temor era lo que sentía ahora. Tras largo tiempo de experiencia estaba al corriente de que L siempre no conseguía sus fines de la forma más correcta. Era un gusano capaz de hacer lo que fuese para conseguir los propósitos que le habían encomendado y ahora que había transcurrido esa noche de año nuevo y que sabía lo que para mí significaba, estaba totalmente en sus manos.

Traté de olvidarlo y sobre todo de controlarme. Lo conocía, sabía lo que era, sabía lo que había hecho y aun así no podía evitar quererlo fervientemente, era como una fustigación. Unos días después me encontré con S mientras descansábamos. Era una joven ninfómana que conocía casi a la perfección a la mayor parte de los hombres de la empresa.

- ¿Es verdad lo de L, Q? - Preguntó extrañamente seria. La miré sereno, parecía que el tipo ya iba cantando su broma por ahí.

- Es cierto.- Dije simplemente. Sería estúpido entrar en discusiones de mentiras y verdades. Ella suspiró y se acercó más adulta de lo normal, dejando de lado su actitud tonta de siempre.

- Eres bobo. De todos los hombres que podías haber escogido...Olvídalo, es un insecto, no es un mamonazo corriente como el resto, L es el egoísmo hecho hombre-. La miré impasible, aunque realmente me había sorprendido, no había reparado siquiera en el hecho de que quisiese a un hombre sino que se centró en la mala elección que había hecho. Me quedé pensativo, realmente ella no me había traicionado nunca, pero había llegado tarde, no permitiría pasar a nadie más tras mi fachada.

- Soy responsable de mis problemas y sé como tratarlos-. Realmente no lo sabía, pero nunca volvería a mostrar debilidad alguna, a nadie.

Ella me miró con tristeza, puso una mano en mi hombro y se fue de allí.

El resto de mis días fueron iguales. Parecía que L solo había contado aquella circunstancia a S, hecho que me relajó bastante. La gente me respetaba, el trabajo iba viento en popa, los jefes no tenían queja y yo era cada día más opaco a pesar de los diversos incordios a los que L me sometía día tras día. Me acorralaba en las paredes, me susurraba al oído, me acariciaba donde se le antojase y demás picardías que le divertían en suma medida. Yo trataba de mantenerme firme, aunque muchas veces no podía evitar delatarme y darle una satisfacción.

Un día me llegaron órdenes explícitas de uno de los altos cargos. Epsilon, uno de los grandes. Se ve que L tenía el favor de los jefazos y había dado alguna que otra referencia sobre mí. Me encargaron divertir a un accionista cuya empresa había sido absorbida por Kôtei no hacía mucho tiempo. Parecía ser que el tipo no veía a S, que generalmente hacía ese tipo de cosas, como objeto de agrado y yo podría parecerle más adecuado. Repugnante. Fue lo primero que pensé en cuanto llegó la orden y así se lo hice saber a mi superior directo de esta, L.

- ¡Oh, venga, pajarito! Me da igual como te pongas, no puedes negarte a una orden directa de los de arriba-. Tras un buen rato discutiendo acabó consiguiendo que me acercase a ver al tipo desapercibidamente y eso no mejoró la situación. Un tipo de una altura similar a la mía, de pelo claro y ojos verdes y una sonrisa amable, ahora acompañada de un higiénica barba. El golpe fue peor de lo esperado, me mareé y me vi obligado a correr al servicio para devolver mi almuerzo. Si ya la situación me desagradaba de por sí, aquello era la negativa total.

- Marcus Landler... ¿Le conoces? Porque no es tan horrible como para ponerte así de mal-. Dijo L ,divertido, desde la puerta, sabiendo perfectamente cuál era la situación. Lo miré apoyado en la taza con una cara horrible.

- Tú...eres...- Me llevé una mano a la cara-. Esto es totalmente macabro...- Mientras él seguía sonriendo y dando por hecho que lo haría de todas formas, me levanté de golpe, empujándole para salir corriendo de allí. Me encerré en casa durante un día y obviamente, el cliente quedó descontento y Kôtei perdió un pacto importante. Durante ese maldito día llegué a temer por tantas cosas que finalmente alcancé mi serenidad cotidiana y solo cuando fui llamado al salón abandoné mi casa.

Recuerdos de Q VI - Negro - Fin

Llegué al lugar y solo encontré a mi pesadilla ambulante aplaudiendo lentamente.

- Bravo, eres todo un temerario y parecías más sieso que una fregona...- Le miré serio ,esperando cualquier tipo de mala noticia a modo de castigo.

- Sabes que la has montado buena y que los de arriba están cabreados...- Comenzaba, no, había comenzado desde el momento en que entré al salón, su ataque psicológico.

- Pero tranquilo, he conseguido que no se lo tomasen tan mal. Al fin y al cabo vales bastante Q...- Comenzó a dar vueltas al salón, incluso detrás de mí. Hablaba calmado, pero con un tono oscuro.

- Los he convencido para que me dejen aplicarte un castigo personal-. No sonaba nada bien, sino cada vez peor, pero me mantuve en mi lugar.

- Hazme el favor...- Me ofreció sentarme en el sofá. Me quedé quieto en primer lugar ,pero me envió una mirada que convertía su petición en obligación. Me senté tal como pidió y miré al frente.

- ¿Sabes? Una de las mejores cosas que tienes es que enseguida obedeces...Cuando quieres, claro. El otro día te portaste bastante mal-. Mientras hablaba se enculilló frente a mí y me colocó unas esposas, o mejor mirado, unos grilletes. Me extrañó su forma ya que, la cadena que unía las pulseras que aferraban mis muñecas era anormalmente extensa, demasiado me atrevería a decir. No impedían siquiera que me agarrase una oreja con cada mano. Igualmente no mostré ningún tipo de reacción sino que permanecí inmóvil mientras me las colocaba.

- Pero entre tú y yo, creo que no vas a volver a repetirlo...No solo peligra tu puesto, sino etambién el mio. No seas egoísta-. Agarró los peculiares grilletes con la mano llevándolos, junto con mis brazos, hasta un borde del sofá. Levantó el mueble y colocó la cadena que unía mis muñecas rodeando el gran pie de este y lo devolvió  al suelo, obligándome a permanecer con los brazos estirados sobre el cojín del borde del sillón. Me quedé sentado con la espalda obligada a flexionarse malamente por culpa de la cadena que tiraba de mis brazos.Era una posición bastante incómoda.

- Bueno, empezaré con tu castigo-. Dijo, saliendo de mi ángulo de visión-. Oh, cierto-. Inquirió, volviendo y quitándome las gafas-. Esto te dolerá más a ti que a mí-. Me extrañé un momento pero, al notar cómo me subía las piernas al sillón entendí que pretendía y fui incapaz de mantener la compostura.

- L ¿Qué estás haciendo? ¿Pretendes asustarme? Venga, creo que ya ha sido suficiente el numerito de las cadenas...- Empecé a hablar de carrerilla mientras notaba como se iba poniendo cómodo.

- Aah ¿Ahora quieres negociar? Humm, lástima que las negociaciones acabasen ayer-. Respondió con un tono que denotaba un final sin cambios y cuando se acercó para retirar mi cinturón experimenté la mayor fobia de mi vida.

- ¡Por el amor de Dios! ¡L! ¡Suéltame de una maldita vez! ¡No te atrevas a continuar, L! ¡Me largo! ¡Me largo de esta maldita empresa! ¡Nunca debí hacerte caso! ¡Maldito mafioso! ¡¡L!!-. No me escuchaba y eso era lo peor de todo. Él seguía con su protocolo sin atender ni a una sola de mis palabras. Seguí con mi discurso, estaba temblando y sudando de terror. Desabrochó mis pantalones y, a pesar de mis esfuerzos, logró bajarlos a una altura nada prudente. De pronto paró y se puso frente a mí mirándome seriamente.

- L...Por favor...Esto no...- Con mis últimos esfuerzos le supliqué que detuviese todo aquello, solo con el susto de verme en esa situación tendría para toda una vida de sumisión. Lo miré suplicante y él no cambió su cara.

- Cállate viejo, o tendré que amordazarte. - Se levantó y volvió a su posición mientras yo me daba por vencido y me desmoronaba psicológicamente. En un último suspiro quise pronunciar su nombre.

- Ra-...-. Pero me tapó la boca con la mano rápidamente y me hizo alzar mucho la cabeza para hablarme.

- Ese nombre no existe-. Me soltó de golpe haciendo que mi cabeza diese un leve rebote y dejándome cabizbajo mientras notaba resbalar una lágrima por mi mejilla. Noté por último un golpe seco y agónico en la nuca antes de verlo todo negro. 

Cuando desperté estaba solo, no había rastro alguno de L por aquella habitación y mi situación me confirmó el horror que mi mente había adelantado durante los preparativos. Las muñecas me dolían, tenía la espalda empapada en sudor, mis pantalones y ropa interior distaban ya mucho de su situación natural y una amarga sensación de humedad me recorría lugares insospechados. 
Me encogí, asustado, ultrajado y herido, agarrándome las piernas contra el pecho mientras intentaba que el temblor de mi cuerpo y mandíbula fuese poco notorio. Hundí la cabeza en el cojín y grité mientras ríos de lágrimas empapaban mis mejillas. Grité con desesperación para intentar soltar toda aquella rabia y dolor que me estaba quemando.

Ese fue el verdadero fin de mi persona. Quedó totalmente anulada bajo mi faceta impermeable convirtiéndome en un autómata real y obligándome a aceptar que en mi vida todo acabaría en desgracia si intentaba buascar un pizca de felicidad. Realmente siempre lo supe, nunca podría ser perfecto.
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