lunes, 21 de noviembre de 2011

Todavía

La mujer del puesto de comida rápida no parecía hacerme demasiado caso mientras me sonreía y asentía cuando le preguntaba por la calle Nakamise-dōri. Después de dos años viviendo en Tokyo todavía me costaba entender algunos símbolos del alfabeto nipón y eso resultaba un gran problema a la hora de orientarme por sus barrios.

Toda mi vida se me había dado mal recordar signos y, a veces, era incapaz de diferenciar un kanji de un simple garabato. Saiko me había recomendado asociar la forma de las letras con su significado o que les buscase formas graciosas, pero mi memoria se negaba a memorizar ese tipo de cosas. Recuerdo que cuando quise sacarme el carnet de conducir tuve que repetir el examen unas cinco veces porque no conseguía recordar las señales.

La pronunciación. Ese era mi punto fuerte. Gracias a la buena sonoridad de aquel idioma había aprendido a hablarlo pocos días después de mi llegada al país. Yo estaba orgulloso de mi acento a pesar de que muchos de mis compañeros todavía se reían al escuchar mis "s" líquidas y mi tendencia a cambiar la sonoridad de la "e" por la "i" pero, como siempre le decía a Saiko, mi acento era magnífico para un noruego de clase media.

3 comentarios: