Se levantaba por la mañana esperando que aquel día fuese diferente. Las mañanas eran tranquilas, solitarias, silenciosas, esperando un café caliente que le abriese los ojos mientras se embutía en sus pensamientos. Pero entonces aparecía alguien en la cocina y le daba un puñetazo en el estómago, justo cuando iba a beber el café, para luego simplemente preparase su propio desayuno.
Cojía sus cosas y se marchaba a la parada, pensando en cosas del día anterior, cosas de ocio, cosas de trabajo... Ya sin recordar el puñetazo de la mañana debido a su habitualidad.Entonces llegaba para esperar al transporte público y saludaba con la cabeza a la persona que siempre le acompañaba en el trayecto. Esta le respondía con un golpe en el pecho, menos fuerte que el puñetazo y algún que otro pisotón en el pie.
Se bajaba después de un largo tramo y leía el periódico mientras caminaba hacia su destino mañanero. Llegaba al lugar de sus labores y comenzaba a recibir más golpes una vez abría la boca o simplemente por hacerse presente con una mirada en una conversación. Algunos era pisotones, otros eran patadas en la espinilla, algunos empujones en la espalda, otros eran tortazos...
Salía de aquel lugar que poco más le importaba y se dirigía de nuevo a casa, pensando en que quizá algún día la gente dejaría de golpearle.
Llegaba con tranquilidad y abría la puerta anunciándose para que uno a uno fuesen dedicando sus contundentes ataques, que iban dejando las marcas moradas por todo su cuerpo.
Se dirigía a su cuarto y se inundaba en sus cosas sin nisiquiera pensar en los golpes que cada día se volvían más y más repetitivos. La mayoría ya apenas se notaban, eran golpes rápidos y fugaces que ya poco importaban, otros eran más contundentes y casi conseguían partirle la mandíbula o el esternón.
Pero todo dependía del día en que se encontrase y la gente con la que se viera. No todo el mundo pegaba por igual.
Se metía en cama, con el cansancio de las contusiones presionando y molestando su piel.
Se preguntaba si en algún momento alguien era consciente de lo que dolían los golpes.
Las buenas costumbres a veces son difíciles de coger... a ver si entre todos las cogemos
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