domingo, 15 de diciembre de 2013

Repaso reflexivo -quizás absurdo, quizás erróneo- sobre las capacidades que tendría mi perfecto escuchador, como idea y nunca como reproche.


Escuchar es un arte.

Escuchar es una de esas cosas que la gente cree saber, pero que la mayoría desconocen. Quizá por ser parte del día a día se ha desprestigiado esta magnánima facultad. Desde que nos despertamos, a nosotros llegan infinidad de ruidos de todas partes: palabras  o sonidos latentes, pasajeros, conocidos, inidentificados, animales, vocales, con ritmo, agradables, molestos, inapreciables... Nuestro cerebro sería incapaz de sostener toda esta carga de información, por eso bloquea poco a poco todos aquellos que no priman, los agazapa para evitar que lleguen y acomoda a su huésped para que continúe el día sin más obstáculos de los necesarios. Es por eso que a la gente se le dificulta el trabajo de escuchar. Están tan acostumbrados a bloquear su mente que a veces son incapaces de abrirla.
Ni siquiera los mejores escuchadores pueden escuchar durante todo el tiempo, con lo que, a aquellos que día a día oyen creyendo escuchar les resulta prácticamente imposible.

Pero, ¿qué es escuchar? Muchos opinan que es "prestar atención al mensaje, entendiéndolo y asumiéndolo sin que se pierda información". Quizás el problema venga de un poco más atrás. Si el mensaje no se entiende, entonces es imposible escucharlo. Un mensaje puede asimilarse sin comprenderse, dando lugar entonces a una comunicación errónea. Si el escuchador sobreentiende lo que le parece sobre el escuchado, entonces pierde su capacidad de escuchador.


He aquí la importancia de saber escuchar.
No existe ni un solo mensaje en este mundo cuyo significado sea vacío. Un mensaje es el significado del mensaje, pero es también su contexto. Una persona tiene una finalidad cuando habla y es en ésa finalidad donde está la diferencia entre oír y escuchar.

Cuando una persona sabe escuchar, sabe comprender lo que rodea al mensaje, sabe captar lo que su interlocutor pretende, conoce -o es capaz de conocer- lo que su interlocutor espera tras dar ese mensaje.
Otro punto importante es que haga caso de tales conocimientos, pero de momento continuemos con la capacidad de comprensión.

Escuchar no es permanecer en silencio y poner los oídos -u ojos- a disposición de quien desea mostrar un mensaje. Escuchar consta de un importante protocolo a seguir.

-Disponer nuestros órganos sensitivos para la captación del mensaje.
-Disponer nuestra mente para la asimilación del mensaje.
-Comprender el mensaje neto.
-Comprender el mensaje completo.
-Comprender la intención del mensaje.
-Reaccionar ante el mensaje.

Los tres primeros pasos parecen bastante claros para casi todos. Callar, prestar atención, recibir la información. El problema viene con los consiguientes, donde el análisis de información empieza a enturbiarse, a contaminarse con el caos de nuestras propias mentes. La mayor parte de las veces la información pasa como en una oficina en hora punta: Llega, se va pasando a todo correr por los diferentes sectores, se capta lo imprescindible -que no lo importante- y se desecha para continuar con el trabajo. Obviamente, como en cualquier empresa en hora punta, una vez se termina el día y se lleva a cabo el recuento, siempre encontramos diversos errores en los cálculos, que nos generan importantes quebraderos de cabeza.

Es por ello que escuchar debe ser una tarea a la que dedicar tiempo, sobre la que reflexionar, para aquellos que no la han practicado lo suficiente. Sin duda es mucho más costoso de lo que parece a simple vista y parece que se empieza a vislumbrar  el por qué debería considerarse como una capacidad que roza el don.

Pero decir que el escuchar es un don es abandonarse a la escusa sencilla. Todo el mundo puede escuchar, pero casi nadie quiere hacerlo. Porque casi nadie se molestará en escucharlos a ellos y por tanto no merece la pena brindar el esfuerzo. Algo demasiado altruista y lo altruista se convierte en deleznable. Un nuevo problema a la hora de escuchar. La recompensa que se espera no es la correcta. La compensación no está en que los otros devuelvan tal capacidad, sino en el bienestar que uno consigue cuando, gracias a haber escuchado, es capaz de resolver una situación. Resolver una situación por medios propios resulta algo enormemente enriquecedor y aporta confianza en uno mismo.

Digamos que ya tenemos predisposición a escuchar. Estamos dispuestos a escuchar porque hemos hecho  examen de conciencia y lo valoramos como algo positivo. Entonces debemos tener muy claro que, para escuchar, necesitamos comprender. Y comprender puede resultar complicado.

Día a día puedes oír o incluso escuchar contantemente algo tan sencillo como "Hola". Tal palabra en sí no tiene significado alguno más allá de un saludo básico. Las palabras no tienen emoción, no tienen significado completo. Es el contexto lo que se lo aporta. Así bien, según el momento, la persona, el tono, el timbre, el contexto literario... un "hola" puede convertirse en:

-Emoción
-Nostalgia
-Frustración
-Cabreo
-Ironía
-Nerviosismo
-Indiferencia
-...

¿Dónde está la diferencia entre todos esos significados? En la capacidad de escuchar. Pero ése es sólo su primer significado. Una vez que hemos localizado el significado principal -imaginemos "tristeza"- todavía queda por entender el siguiente escalafón significativo. Es aquí donde entra la intención del hablante. Ese simple "hola" podría llevar implícito:

-Necesito que me escuches
-No quiero hablar de esto ahora
-Necesito contacto
-No soy capaz de pronunciar nada más
-Ayúdame
-...

Ésta es una de las partes más críticas del escuchador. Es uno de los puntos más complicados, pues la intención del hablante puede llegar a convertirse en algo casi intuitivo, sobre todo con aquellas personas más reservadas. Aquellas que con un "Así que te caíste, vaya bobo" quieren decir "¿Estás bien?" o con un "Te dije que no te metieras" pretenden decir "lo siento". Estos pequeños matices son la gran diferencia entre el bienestar o la decadencia y apenas hay gente que ponga la atención necesaria para lograr captar tal mensaje implícito, casi oculto.
Afortunada o lamentablemente, el leguaje permite a las personas expresarse de muchas maneras y ayudarles a solventar sus temores o vergüenzas empleando alternativas más recatadas. Una persona muy orgullosa nunca pronunciaría "Necesito que me ayudes" e incluso preferiría fracasar en su empeño antes de tener que recurrir a tal situación. Sin embargo, eso no quiere decir que no fuese a pedir ayuda realmente. Un comentario tan nimio como "Ya, claro, ni que se te diera bien esto..." o "Está todo bien, aunque podría perfeccionarlo" nos están gritando desde abajo que algo no está yendo como debería y que se nos necesita junto a alguien.

La implicidad del mensaje es muy compleja, pues cada persona varía enormemente en sus principios, pero siempre existe un patrón base que, a medida que nos convertimos en escuchadores, resulta cada vez más discernible. Nunca se está a salvo de errores, pero la reflexión y la autocorrección son también cualidades del buen escuchador.

[Nota: Nunca se debe confundir el comprender la demanda del hablante y responder en consecuencia a ella con criterio propio, con el mentir al hablante para hacerle escuchar lo que desea]

Más allá de todas las señales que podamos interpretar de nuestro hablante, hay que tener muy en cuenta el interés del propio escuchador. Si consigue percatarse hasta tal punto de un mensaje y prefiere ignorarlo, entonces ha perdido su capacidad y pasa a convertirse en un "oyente", de forma que debería optar por informar a su informador de que ha dejado de escucharlo.

La reacción quizá sea una de las grandes olvidadas en las acciones del escuchador. 

Escuchar puede parecer una acción pasiva, pero no hay nada más lejos de la realidad. El escuchador real es quien, tras haber realizado el ejercicio de comprensión, es capaz de actuar en consecuencia, dando lugar a que su interlocutor corrobore que su mensaje ha sido escuchado realmente. Si ha comprendido el mensaje plenamente, el escuchador conseguirá que la situación mejore, si no lo ha hecho, el escuchador debería replantearse su reacción, pero no culpar -al menos de principio- a su oyente. A fin de cuentas, el escuchador se ha comprometido con la responsabilidad de hacer protagonista a su interlocutor. Convertirse en escuchador es convertirse en ayudante, dando una visión del momento lo más clara posible a su interlocutor.

El escuchar es un arte, sin duda alguna. Muchos tienen esta capacidad de forma innata, otros deben esforzarse para adquirirla. Como todo, ha de trabajarse para poder perfeccionarla. No existe el perfecto escuchador, ni siquiera existen plenos escuchadores.

Los mejores y más preparados escuchadores son los psicólogos y ni siquiera todos ellos son capaces de llevar a cabo todos los puntos de las tareas del escuchador.

Está claro que es un trabajo complejo y laborioso, pero esforzarse por escuchar más allá de lo que nuestra mente traduce en un principio es algo que nos permitiría estar mejor con nosotros mismos, tener nuestra mente despierta y ayudar a aquellos que confían en nuestras capacidades como escuchador y, por tanto, nos están valorando enormemente como personas.

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