Escuchar es un arte.
Escuchar es una de
esas cosas que la gente cree saber, pero que la mayoría desconocen. Quizá por
ser parte del día a día se ha desprestigiado esta magnánima facultad. Desde que
nos despertamos, a nosotros llegan infinidad de ruidos de todas partes:
palabras o sonidos latentes, pasajeros, conocidos, inidentificados,
animales, vocales, con ritmo, agradables, molestos, inapreciables... Nuestro
cerebro sería incapaz de sostener toda esta carga de información, por eso
bloquea poco a poco todos aquellos que no priman, los agazapa para evitar que
lleguen y acomoda a su huésped para que continúe el día sin más obstáculos de
los necesarios. Es por eso que a la gente se le dificulta el trabajo de
escuchar. Están tan acostumbrados a bloquear su mente que a veces son incapaces
de abrirla.
Ni siquiera los
mejores escuchadores pueden escuchar durante todo el tiempo, con lo que, a
aquellos que día a día oyen creyendo escuchar les resulta prácticamente
imposible.
Pero, ¿qué es escuchar?
Muchos opinan que es "prestar atención al mensaje, entendiéndolo y
asumiéndolo sin que se pierda información". Quizás el problema venga de un
poco más atrás. Si el mensaje no se entiende, entonces es imposible escucharlo.
Un mensaje puede asimilarse sin comprenderse, dando lugar entonces a una
comunicación errónea. Si el escuchador sobreentiende lo que le parece sobre el
escuchado, entonces pierde su capacidad de escuchador.
He aquí la importancia
de saber escuchar.
No existe ni un solo
mensaje en este mundo cuyo significado sea vacío. Un mensaje es el significado
del mensaje, pero es también su contexto. Una persona tiene una finalidad
cuando habla y es en ésa finalidad donde está la diferencia entre oír y
escuchar.
Cuando una persona
sabe escuchar, sabe comprender lo que rodea al mensaje, sabe captar lo que su
interlocutor pretende, conoce -o es capaz de conocer- lo que su interlocutor
espera tras dar ese mensaje.
Otro punto
importante es que haga caso de tales conocimientos, pero de momento continuemos
con la capacidad de comprensión.
Escuchar no es
permanecer en silencio y poner los oídos -u ojos- a disposición de quien desea
mostrar un mensaje. Escuchar consta de un importante protocolo a seguir.
-Disponer nuestros
órganos sensitivos para la captación del mensaje.
-Disponer nuestra
mente para la asimilación del mensaje.
-Comprender el
mensaje neto.
-Comprender el
mensaje completo.
-Comprender la
intención del mensaje.
-Reaccionar ante el
mensaje.
Los tres primeros
pasos parecen bastante claros para casi todos. Callar, prestar atención,
recibir la información. El problema viene con los consiguientes, donde el
análisis de información empieza a enturbiarse, a contaminarse con el caos de
nuestras propias mentes. La mayor parte de las veces la información pasa como
en una oficina en hora punta: Llega, se va pasando a todo correr por los
diferentes sectores, se capta lo imprescindible -que no lo importante- y
se desecha para continuar con el trabajo. Obviamente, como en cualquier empresa
en hora punta, una vez se termina el día y se lleva a cabo el recuento, siempre
encontramos diversos errores en los cálculos, que nos generan importantes
quebraderos de cabeza.
Es por ello que
escuchar debe ser una tarea a la que dedicar tiempo, sobre la que reflexionar,
para aquellos que no la han practicado lo suficiente. Sin duda es mucho más
costoso de lo que parece a simple vista y parece que se empieza a
vislumbrar el por qué debería considerarse como una capacidad que roza el
don.
Pero decir que el
escuchar es un don es abandonarse a la escusa sencilla. Todo el mundo puede
escuchar, pero casi nadie quiere hacerlo. Porque casi nadie se molestará en
escucharlos a ellos y por tanto no merece la pena brindar el esfuerzo. Algo demasiado
altruista y lo altruista se convierte en deleznable. Un nuevo problema a la
hora de escuchar. La recompensa que se espera no es la correcta. La
compensación no está en que los otros devuelvan tal capacidad, sino en el
bienestar que uno consigue cuando, gracias a haber escuchado, es capaz de
resolver una situación. Resolver una situación por medios propios resulta algo
enormemente enriquecedor y aporta confianza en uno mismo.
Digamos que ya
tenemos predisposición a escuchar. Estamos dispuestos a escuchar porque hemos
hecho examen de conciencia y lo valoramos como algo positivo. Entonces
debemos tener muy claro que, para escuchar, necesitamos comprender. Y
comprender puede resultar complicado.
Día a día puedes oír o incluso escuchar contantemente algo tan sencillo como "Hola". Tal palabra en sí no tiene significado alguno más allá de un saludo básico. Las palabras no tienen emoción, no tienen significado completo. Es el contexto lo que se lo aporta. Así bien, según el momento, la persona, el tono, el timbre, el contexto literario... un "hola" puede convertirse en:
-Emoción
-Nostalgia
-Frustración
-Cabreo
-Ironía
-Nerviosismo
-Indiferencia
-...
¿Dónde está la
diferencia entre todos esos significados? En la capacidad de escuchar. Pero ése
es sólo su primer significado. Una vez que hemos localizado el significado
principal -imaginemos "tristeza"- todavía queda por entender el
siguiente escalafón significativo. Es aquí donde entra la intención del hablante.
Ese simple "hola" podría llevar implícito:
-Necesito que me
escuches
-No quiero hablar de
esto ahora
-Necesito contacto
-No soy capaz de
pronunciar nada más
-Ayúdame
-...
Ésta es una de las
partes más críticas del escuchador. Es uno de los puntos más complicados, pues
la intención del hablante puede llegar a convertirse en algo casi intuitivo,
sobre todo con aquellas personas más reservadas. Aquellas que con un "Así
que te caíste, vaya bobo" quieren decir "¿Estás bien?" o con un
"Te dije que no te metieras" pretenden decir "lo siento".
Estos pequeños matices son la gran diferencia entre el bienestar o la
decadencia y apenas hay gente que ponga la atención necesaria para lograr
captar tal mensaje implícito, casi oculto.
Afortunada o
lamentablemente, el leguaje permite a las personas expresarse de muchas maneras
y ayudarles a solventar sus temores o vergüenzas empleando alternativas más
recatadas. Una persona muy orgullosa nunca pronunciaría "Necesito que me
ayudes" e incluso preferiría fracasar en su empeño antes de tener que
recurrir a tal situación. Sin embargo, eso no quiere decir que no fuese a pedir
ayuda realmente. Un comentario tan nimio como "Ya, claro, ni que se te
diera bien esto..." o "Está todo bien, aunque podría perfeccionarlo"
nos están gritando desde abajo que algo no está yendo como debería y que se nos
necesita junto a alguien.
La implicidad del
mensaje es muy compleja, pues cada persona varía enormemente en sus principios,
pero siempre existe un patrón base que, a medida que nos convertimos en
escuchadores, resulta cada vez más discernible. Nunca se está a salvo de
errores, pero la reflexión y la autocorrección son también cualidades del buen
escuchador.
[Nota: Nunca se debe
confundir el comprender la demanda del hablante y responder en consecuencia a
ella con criterio propio, con el mentir al hablante para hacerle escuchar lo
que desea]
Más allá de todas
las señales que podamos interpretar de nuestro hablante, hay que tener muy en
cuenta el interés del propio escuchador. Si consigue percatarse hasta tal punto
de un mensaje y prefiere ignorarlo, entonces ha perdido su capacidad y pasa a
convertirse en un "oyente", de forma que debería optar por informar a
su informador de que ha dejado de escucharlo.
La reacción quizá
sea una de las grandes olvidadas en las acciones del escuchador.
Escuchar puede
parecer una acción pasiva, pero no hay nada más lejos de la realidad. El
escuchador real es quien, tras haber realizado el ejercicio de comprensión, es
capaz de actuar en consecuencia, dando lugar a que su interlocutor corrobore
que su mensaje ha sido escuchado realmente. Si ha comprendido el mensaje
plenamente, el escuchador conseguirá que la situación mejore, si no lo ha
hecho, el escuchador debería replantearse su reacción, pero no culpar -al menos
de principio- a su oyente. A fin de cuentas, el escuchador se ha comprometido
con la responsabilidad de hacer protagonista a su interlocutor. Convertirse en
escuchador es convertirse en ayudante, dando una visión del momento lo más
clara posible a su interlocutor.
El escuchar es un
arte, sin duda alguna. Muchos tienen esta capacidad de forma innata, otros
deben esforzarse para adquirirla. Como todo, ha de trabajarse para poder
perfeccionarla. No existe el perfecto escuchador, ni siquiera existen plenos
escuchadores.
Los mejores y más
preparados escuchadores son los psicólogos y ni siquiera todos ellos son
capaces de llevar a cabo todos los puntos de las tareas del escuchador.
Está claro que es un
trabajo complejo y laborioso, pero esforzarse por escuchar más allá de lo que
nuestra mente traduce en un principio es algo que nos permitiría estar mejor
con nosotros mismos, tener nuestra mente despierta y ayudar a aquellos que
confían en nuestras capacidades como escuchador y, por tanto, nos están
valorando enormemente como personas.
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