jueves, 22 de septiembre de 2011

Laberinto de arena

Hacía meses que ya apenas leía las cartas y mucho menos las respondía. El problema del Cairo se había complicado, pero mi situación estaba ya lejos de las reyertas políticas. 

Mi posición no importaba, mi empleo no importaba. Todo lo que hubiese quedado en Inglaterra era ya un esbozo de recuerdo en mi mente. Clara, ¿había amado alguna vez a Clara? Ya apenas recordaba bien su cara, ni tampoco la de los angelitos que con ella dejaba atrás. Me desmoronaba recordar aquello y me hacía sentir miserable y desconsolado.  No quería pensar ni sentirme angustiado. Solo dejándome llevar por el maremoto de sensaciones de aquella remota tierra sentía el éxtasis de la plena ignorancia feliz, negándome a volver a la realidad plausible.

Mi mente estaba perdida. Los humos del los botes rezumantes nublaban la vista y el entendimiento, la sensualidad de la tierra roja hacía que las personas olvidasen si algún día habían sido algo más que un mero punto de aquel gigantesco lienzo de estrellas que iluminaban las heladas noches del desierto. Miles, millones, cientos de millonésimos fulgores estelares se apreciaban en su total perfección, formando un halo en torno al gas condensado a tantos años luz de distancia. 
 El cielo diurno acaloraba la mente y devolvía al hombre las pesadas cargas, pero el cielo nocturno volvía a emborrachar sus sentidos y hacía que se perdieran en el terrible remolino de las danzas del vientre bajo las músicas chirriantes.

Mi mente enferma de aquella fascinación, trastocada como la de muchos otros inocentes que se habían dejado camelar por el poder atrayente del Cairo, ya no me daba posibilidad de recuperación y se inundaba cada día con el mismo pensamiento.

Samil. Samil.

Ese nombre hipnotizaba lo poco de hombre que quedaba en mí y no me permitía conciliar el sueño.

Samil.

Aquel cabello oscuro con caída encaracolada discurriendo por un hombro olivado apenas cubierto por un tul rojizo.

Samil.

Enormes ojos esmeralda que brillaban aun con mayor perfección que aquel mar de estrellas. Me seguían, me miraban más allá de las paredes, me envolvían en la noche cuando tenía los ojos cerrados sin permitirme escapar de aquella inocente mirada felina.

El rostro cubierto con aquella tela transparente y granate que dejaba intuir más que ver aquellos labios carnosos que adornaban la boca de piñón.

Samil. La razón no me obedecía y mi cuerpo estaba débil y casi muerto. Samil. El ardor de mi interior no se aplacaba a pesar de la sensación de somnolencia. Samil. Lo poco que quedaba de mí pertenecía a los aromas del Cairo. Samil.

Ya no me quedaba nada más que esa templada piel.

4 comentarios:

  1. Me gooosta.
    Aunque cada vez que leía Samil pensaba en la playa LOOOOOOL (¿te imaginas una playa con pelo y labios rojos lool?).

    ÑamÑam. Me gostó ò__ó No sé qué decir (salvo lo que te dije por msn). Ah, bueno, sí... ¡pobre Clara! ¡Y pobres niños cuyos nombres ni yo recuerdo ni tú te dignaste a poner xD!

    Si siguieses la historia, seguro que me caería bien Samil u.u (lo veo, lo veo).

    ÑamÑam

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  2. lol Si de Samil no he puesto nada más que cuatro rasgos físicos... XDDDD en fin

    Sus hijas era dons niñas: Elisabeth y María XD recuerda que Clara era medio española XD

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  3. ¬¬... iros a la porra... yo no me entere ni de la mitad... pero hubo cosas que me gostaron n.n

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  4. Es que es un trozo de una historia que iba a ser larga y que la dejé en el principio XDU y como me daba rabia, quise escribir el momento que me inspiró para darle forma

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