El reloj rozaba ya las nueve, pero el hombre sentado en el rebosante escritorio de sequoia continuaba exprimiendo algunos de sus momentos de mayor satisfacción y relajo de los que eran en la actualidad sus días.
Bajo la tintineante vela que daba una mortecina luz al ala oeste de su magnificente habitación, escribía sin descanso ni prisa las memorias que con ahincó había ido recopilando a lo largo de sus treinta y siete años.
Poco era el pensamiento que le rondaba cada vez que empuñaba su pluma, pues se evadía del mundo al que siempre había odiado y al que había aprendido a soportar. Y era nula su consciencia de la sala, de la casa, del ruido o de cualquier cosa ajena a su pequeño mundo de pensamientos.
Las cortinas rojas de satén caídas tapando los grotescamente ornamentados dinteles de las ventanas hacían que la escasa luz que aún pudiese entrar no llegase a interrumpir la desenvoltura de los pensamientos más oscuros que cegaban la existencia del presente. La cama matrimonial con las sábanas de seda y cada uno de sus detalles de madera repasados por algunos de los mejores talladores de la comarca; el armario empotrado adornado al conjunto de la sala y acompañando el color de las paredes, los detalles en dorado de los muebles; la alfombra fina y sin mullir, tejida con ilustraciones indescifrables que llegaban a marear la vista de aquel que trataba de comprenderlas; sillas, sillones, mesitas o la pequeña mesa redonda del té…Todas ellas acompañando el conjunto, todas ellas de exquisita planta e incalculable valor, todas ellas formando una armonía que denotaba poder y buen gusto y, finalmente, el techo decorado con más y más ornamentas y su dibujo central formado por una composición religiosa repudiada y discutida por el hombre que reinaba en el escritorio, y este, aún siendo similar a la decoración de la sala, junto con su silla a juego parecían tener un aura diferente, un fuera de escena.
Parecía un lugar alejado dentro de la misma estancia, una parte aislada y personal, algo que desentonaba con el resto. Y a pesar del desorden reinante sobre el oscuro mueble y su en derredor, a pesar de los resquicios de velas consumidas que sobre él posaban e incluso las notas casi talladas sobre la madera avejentada que le daban un aspecto enajenado no era este el por qué de aquella extraña sensación de desencaje en la habitación, sino el hecho de que su propietario y compañero había inducido en ellos su propia incapacidad de introducirse en la corriente de todo aquello que le rodeaba.
El reloj marcaba ya las nueve y cuarto cuando uno de los llamados que más llegaban a desquiciar al hombre o, quizás al loco que de él hacía posesión en esos momentos, se hizo presente en la solemnidad de su mundo aparte, trayéndolo de vuelta al lugar del que siempre huía.
Y el golpe en la puerta se repitió, rápido pero endeble, haciendo fruncir el ceño del varón que sabía perfectamente que la llamada no cesaría hasta encontrar respuesta.
- ¿Qué sucede?- Sonó la voz, habitualmente calmada y quizás algo ronca, en un tono tibio y controlado.
- Los criados quieren recogerse esposo. Preguntan si cenarás finalmente-. Sonó una voz dulce e insegura al otro lado de la puerta, la misma voz que lo había estado atormentado durante trece años, la misma que conseguía teñir de rabia lo que hacía pocos segundos era éxtasis de inspiración.
- Diles que se retiren. Bajaré, pero quiero estar solo-. Respondió, disminuyendo la presión sobre la pluma, de nuevo con su voz segura al tiempo que de tono menguado.
Esperaba entonces poder continuar o, al menos, dar un punto y seguido hasta retomar de nuevo el escrito. Pero cuando el destino decidía que debía volver al mundo, cuando lo arrancaba de sus pensamientos después de horas de concentración para recordarle el universo en el que vivía, el lugar donde se encontraba, aquel escritorio que ya llevaba años soportando sus excesos…Entonces nunca lo dejaba volver a la misma situación hasta el próximo aparte en su existencia.
Sonó la voz de su esposa tras la puerta de nuevo.
-Ludwin, esposo… ¿Crees que podría acompañarte en la cena para tomar un minuto de tu atención? Solo…Si no estás cansado y…
-Haz lo que te plazca-. Resonó en el interior del cuarto la voz ronca, ahora algo más poderosa, tras un suspiro de exasperación que la mujer no pudo llegar a oír.
El hombre se puso en pie de forma poco ortodoxa, arrastrando un poco la silla hacia atrás mientras apoyaba las manos sobre los papeles del escritorio, dejando la pluma sobre estos, fuera de su lugar en el tintero. Dio un par de pasos sin dirección fija mientras, comenzando en su frente, deslizaba las manos hacia atrás sobre su extenso cabello claro –que ya peinaba algunas canas- hasta acabar con los dedos rodeando la parte posterior de su nuca, sin llegar a recorrer la suavidad restante del liso que caía aproximadamente hasta su tercera costilla por la espalda y reposaba también por la parte delantera de sus hombros hasta el pecho.
Ludwin suspiraba, tenía enorme paciencia y temple y conseguía llevar con calma cualquier situación pero, cuando se trataba de la construcción de su autobiografía, de esos momentos que esperaba poder tener cada día, todo el carácter que tenía su ser consciente lo abandonaba durante ese tiempo y siempre necesitaba unos minutos para recobrarse. Y el hecho de que fuese su joven mujer quien casi siempre le sacase de sus trances no era alivio alguno a la situación.
Lizzy, o mejor dicho, Lizbell Emma Howell, contaba ya con veintinueve a sus espaldas aunque sus enormes orbes marinos y su cabellera rubia y ondulada portados por su tez blanquecina hiciesen parecer que contaba con algunos menos. Era una mujer corriente de carácter, se ajustaba al modelo de buena esposa de la época, o al menos luchaba por intentarlo como bien le habían enseñado su madre e institutrices. Había ido a parar a la mano de Ludwin debido a un favor familiar. Ella era un par de peldaños más baja en su clase social que el hombre pero, la ancestral mano amiga de los Howell a la familia de este y la incapacidad que había tenido la familia para casar a su extraño descendiente de en medio con mujeres de clases superiores o similares habían llevado a acordar aquel matrimonio cuando ambos estaban en sus mayores juventudes.
Pero no solo por conocer menos a su mujer que a su criada o por haber tenido que casarse con alguien de menor clase que él odiaba a su esposa. En el interior del pensador, del político, del filósofo, del hombre racional e insatisfecho con su sociedad, moraba en silencio la misoginia.
Su obsesión, su enfermedad, su odio profundo…Eran continuamente disfrazados con la poca consideración a las féminas de aquel tiempo, pero él nunca llegaría a comprender que el sentimiento que refugiaba superaba a los de sus congéneres y compañeros con creces, acompañando a algunos de los mejores pensadores de todos los tiempos.
Quizá fuese mayoritaria está razón sobre muchas otras, adobada por el hecho de que veía a su mujer estereotipada y falta de un carácter propio. Le aburría tremendamente y no conseguía ver en ella nada de interés. Le cansaba y amargaba cada una de sus palabras ya que se basan en los diálogos no escritos que las buenas esposas debían repetir constantemente como grabadoras. Era resignación lo que lo hacía ceder de vez en cuando a sus repetidas propuestas. Nunca tenía intención de prestar atención a las palabras de la mujer puesto que, sencillamente, Lizzy nunca decía nada digno de su atención.
Quiso la poca temeridad de Lizbell y los segundos de tranquilidad oscura en aquel cuarto que volviese al mundo de nuevo y, tras varios pasos más y después de colocarse decentemente la camisa de enormes mangas, se dignó a salir del habitáculo que le envolvía, echando un último vistazo atrás a su pequeño santuario el cual, por supuesto, ni Lizzy ni nadie debían tocar.
Posó la mano en el pomo y abrió la puerta con violencia, pero tratando de ampliar la abertura de esta solo lo justo para poder pasar, dejando, una vez fuera, la mano que sujetaba ahora la parte externa del pomo a su espalda para cerrar la puerta rápidamente.
La acción cogió de imprevisto a la muchacha e hizo que, de un pequeño salto, con la mano llevada al pecho, se apartarse unos centímetros del lugar donde había estado apoyando la oreja hace unos segundos.
El hombre enarcó una ceja recogiendo el brazo retrasado con parsimonia.
- ¿Qué haces aún aquí?- Preguntó con aire indignado, deshaciendo sus ilusiones de poder continuar a solas aún hasta el comedor. Lizzy cerró más el cuello de su toquilla en un intento por sentirse más protegida de los ojos inquisidores de su marido y respondió con cautela.
- Estaba esperándote o, al menos una respuesta…- Acabó por decir, bajando la mirada en muestra de sumisión. Ludwin moldeó sus comisuras al tiempo que tragaba saliva con calma, tratando de buscar una justificación lógica a la respuesta que le parecía tan estúpida.
Finalmente se limitó a expulsar aire por la nariz y cerrar unos instantes los ojos antes de comenzar a andar pasillo adelante. Notó, molesto, como a los pocos segundos la mujer lo seguía tímidamente, y era justamente ese comportamiento el que no conseguía soportar.
Dedicó el tiempo que tardaron en llegar al comedor -recorriendo pasillos y bajando las enormes escaleras- para acabar de calmarse, consolándose pensando en que si hubiese podido casarse con quien él hubiera creído conveniente, ninguna de aquellos dolores de cabeza producidos por la que consideraba la ineptitud de su esposa lo habrían abordado.
Es cierto que quizás Lizzy no era la mujer más brillante de la tierra pero se ha de reconocer que Ludwin, hubiese escogido o no a su esposa, se habría sentido igual de atormentado con cualquier otra mujer de este mundo.
PD: Moonlight Sonata simplemente porque escribí el fragmento escuchando esa canción y es por eso que se llama Ludwin su protagonista.
Eeeeeeeey, es Ludwin :D/Eeeeey, actualizaste :D
ResponderEliminarEs un poco borde y tal, pero bue... Me gusta
Y la mujer me da pena xDD (pobrecita).
~~ Me tuuusta
Actualizar con él es fácil, el milagro será que siga escribiendo su historia :_D aunque me gustaría D:!
ResponderEliminarway que te guste *w*
e____________________e
ResponderEliminarSPAMING
e__e Escribe